La Cuartilla: La sociedad secuestrada.

La justicia en entredicho.

10:09 PM, 23 de diciembre de 2009, por Valentín Ramírez Llanes

Es lamentable reconocerlo y peor aún constatarlo: pero la sociedad en Chihuahua tiene tiempo secuestrada, atosigada, sofocada y de plano encerrada en cuatro paredes, rodeada de candados, rejas y cadenas, que le impiden llevar una vida normal y movilizarse con la confianza y la tranquilidad que se supone que toda sociedad moderna pudiera hacerlo.

Se anuncian grandes cambios en materia de seguridad pública, se parlotean extraordinarios progresos en materia de tratamiento de la justicia y de vanagloria de los juicios orales, se habla de reformas penales y de avances de la justicia, pero la sociedad sigue secuestrada y la justicia en entredicho.

Y son las evidencias diarias y la propia cotidianeidad la que da la pauta para confirmar el nivel de inseguridad que se vive, y que no solo no disminuye, o permanece, sino que peligrosamente va en aumento, luego de los innumerables sucesos que atacan la moral social y afectan el día a día de personas y familias enteras que ahora viven encarceladas en su propia casa, víctimas de la inseguridad, la zozobra, la intranquilidad y el atosigamiento que la delincuencia común y el crimen organizado le han impuesto, sin que las autoridades de los tres órdenes de gobierno puedan hacer algo sustancialmente efectivo que pudiera devolver la añorada confianza social a la gente, que sale de su casa y no sabe si va a regresar o cómo va a poder hacerlo.

Y no es exageración. Es cuestión simplemente de hojear lenta y detenidamente las páginas de un diario de la ciudad o entrar a los portales digitales para confirmar la ola de atracos, secuestros, levantones, robos ya no en despoblado, sino en pleno centro de la ciudad o en lugares eminentemente públicos –si es que no le ha tocado personalmente sentir el rigor de la rabia retenida- para darse cuenta de que la sociedad está secuestrada, y que sale a la calle simplemente por necesidad, para trabajar o para visitar a la familia extendida, que de igual manera permanece a piedra y lodo en sus cárceles particulares, a fuerza de no ser una estadística más de la enorme fila de asaltos y amenazas, balaceras y ajusticiamientos que ponen en riesgo la vida humana y socavan la tranquilidad social.

Pero eso no es lo peor de la situación de violencia e inseguridad que vive Chihuahua, no se diga ciudad Juárez. Sabemos de asaltos, atracos a mano armada, ajusticiamientos, violaciones e intentos de extorsión para arrebatarle a la gente su patrimonio, y ahora, la desesperante ola de asaltos en la modalidad de robo con violencia de vehículos no solamente contra damas indefensas y gentes adultas, sino contra todo lo que desafortunadamente se le cruce en el camino a los delincuentes.

Incluso conocemos de levantones, plagios, secuestros exprés y amenazas de la vida del afectado y sus familiares, si no se entregan cuotas que les permitan seguir viviendo, ya sin tranquilidad, amenazados e inseguros, pero al fin y al cabo viviendo, y una vida así no se puede vivir, o al menos no se merece vivirse.

Pero lo que si no tiene límite, es que las autoridades encargadas de administrar la justicia, en su momento, y en muchos casos, propicien la impunidad aconsejando a la victima que se abstenga de fortalecer una posible denuncia, ante la flagrante realidad de que los delincuentes puedan salir pronto –como ya ha sucedido- y más adelante peligre la vida del denunciante y sus familiares. Esto ya es el colmo.

Pero no solo eso: la recomendación de estudiosos del derecho y la jurisprudencia penal que prefieren y recomiendan que las denuncias, ante la posible ratificación y reconocimiento de los pocos detenidos en flagrancia que llegan a darse, de que hay que abstenerse de hacerlo, ante la triste realidad de que el sistema de justicia penal es demasiado benévolo en el mejor de los casos, y deja salir rápidamente y casi de manera expedita a los delincuentes, sobre todo cuando se cataloga la falta como simple asalto a mano armada, como sucedió en el caso de la captura de delincuentes en San Felipe, esto en el mejor de los casos.

O de plano los propios ministeriales le recomiendan dejar el caso cerrado, presumiblemente por los innumerables contactos que las mafias y los delincuentes tiene sembrados por todos lados, incluyendo accesos influyentes del lado de la justicia y de los encargados de administrarla.

Es triste y delicado, pero desafortunadamente es la realidad. La confianza social se ha perdido totalmente, ante una práctica que impone su crudeza. La sociedad sigue secuestrada y la justicia se mantiene entredicho. Y aquí hablamos de la justicia en los tres órdenes de gobierno donde la impunidad parece ser el sello cada vez más marcado y permanente de la vida social.

No hay familia, o la menos ya son pocas, que no hayan sido víctimas de la delincuencia, en tratándose de robo a casa habitación, amenazas telefónicas e intentos de extorsión, asaltos a mano armada en plena vía pública y a veces frente a una sociedad insensible e impasiva que nada hace para impedirlo. Atracos viles para quitarle a la gente parte de su patrimonio material que m ás adelante se convierte en un arrebato del patrimonio de la paz y la tranquilidad familiar, y en el mejor de los casos, en simple testigo de cualesquiera de estas modalidades del crimen.

Exigencia de cuotas para que la gente pueda seguir teniendo vida social y económica, prácticamente ahogada y sofocada por la impunidad con la que se mueve la delincuencia. Levantones y asesinatos diarios que desgraciadamente ya no sorprenden a la sociedad, y que en muchos casos son ejemplo viviente para niños y jóvenes. Impunidad rampante que raya en la desvergüenza y el cinismo, hasta llegar a la falta de aplicación de la justicia cuando por suerte llegan a detener a delincuentes probados que pronto obtienen su libertad, y que incluso son requeridos para que otorguen “perdón” a sus víctimas, cuando estos hayan optado forzosamente por la auto defensa.

En fin, somos sin duda una sociedad secuestrada ya no solo por los políticos vividores del presupuesto y la res pública, que tiene que tragarse su intranquilidad y su amargura, la zozobra constante ante la falta de eficiencia y eficacia de las autoridades encargadas de proporcionarle paz social y tranquilidad familiar. Sociedad que, como nunca, sabe que nada se podrá hacer ni se ha hecho para detener la gran ola de violencia e inseguridad que atosiga a todo mundo y de la que ya nadie se puede decir salvado. A todo mundo puede tocarle. Más tarde que temprano, puede caer sobre una familia la pena de haber sido violentada de alguna manera y en cualquier parte, salvo que este resguardada por guardaespaldas tanto oficiales como privados, privilegio de unos cuantos.

Y la sociedad sigue impasible. Insensible, acostumbrada al atraco, Rumiando nuestra mala suerte y quejándonos de la falta de resultados para detener la violencia, que prácticamente mantiene en vilo a la sociedad en su conjunto, al amparo de un sistema de justicia penal que en poco o en nada ayuda y mucho estorba, en la persecución del delito y su consecuente aplicación pronta, efectiva y expedita de la justicia.

Basta hojear las páginas de un diario de la localidad o abrir una página del domingo de la red internet para constatar que de plano estamos secuestrados, y que la justicia sigue en coptada y en entredicho en Chihuahua.

Aquel círculo virtuoso que debe ser transitado por gobernantes y gobernados, sustentado en la confianza, la colaboración, el respeto, el diálogo, la tolerancia, la libertad y la seguridad, entre muchos otros valores democráticos, sigue siendo agenda pendiente. Y lo peor de todo es que no sabemos hasta cuando se podrá terminar o al menos aminorar y controlar tanta inseguridad y las diversas formas de aplicación sesgada de la justicia. Somos lo que tenemos. ¡Ya basta!

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